¿Cuáles son los atributos de Dios?

¿Cómo es Dios realmente? Te has hecho esa pregunta.

No el Dios que imaginamos. No el Dios que nos resulta cómodo. No el Dios que construimos mentalmente para que encaje con nuestra vida y tape nuestro pecado. Sino el Dios que se ha revelado a sí mismo en las Escrituras.

A.W. Tozer escribió que lo más importante de una persona es lo que viene a su mente cuando piensa en Dios. Tenía razón. Una idea equivocada de Dios es algo peligroso porque lo que estás haciendo es creando un ídolo en tu mente.

Este es el error del que se derivan todos los demás. Si Dios es diferente a como lo concebimos, entonces nuestra adoración está mal dirigida, nuestra oración está mal fundamentada y nuestra vida está mal orientada.

Estudiar los atributos de Dios no es solo para personas que están estudiando en un seminario. Es la tarea que cada cristiano debe hacerse para conocer a Dios.

¿Qué es un atributo de Dios?

Un atributo es una característica esencial de Dios. Algo que Él es por naturaleza, no algo que adquirió o que podría perder. Los atributos de Dios no son rasgos de personalidad que varían según el día. Son realidades permanentes, perfectas e inmutables que definen quién es Él.

Es Dios mismo.

Los atributos de Dios se han organizado en dos categorías: los incomunicables y los comunicables. Esta distinción es útil, aunque, como veremos, ningún atributo de Dios puede entenderse completamente de forma aislada.

Atributos incomunicables

Los atributos incomunicables son aquellos que pertenecen exclusivamente a Dios. No los comparte con sus criaturas ni siquiera en grado limitado. Son los que más claramente nos recuerdan que Dios es otro, radicalmente diferente a todo lo que existe.

Déjame mencionarte algunos de estos atributos incomunicables:

Omnisciencia. Dios lo sabe todo. No aprende, no descubre, no actualiza su información. Conoce el pasado, el presente y el futuro con igual claridad. “Porque Sus ojos observan los caminos del hombre, Y Él ve todos sus pasos.” (Job 34:21). Esto incluye nuestros pensamientos antes de que los pensemos (Salmo 139:4), nuestras decisiones antes de que las tomemos y cada detalle de la creación desde antes de que existiera.

Omnipotencia. Dios puede hacer todo lo que es consistente con su naturaleza. No significa que Dios pueda hacer cosas contradictorias o contrarias a su carácter, como mentir o dejar de ser Dios. Significa que ninguna fuerza en el universo lo limita, ningún obstáculo lo detiene, ningún plan suyo fracasa. “¿Hay algo demasiado difícil para el Señor?” (Génesis 18:14). La respuesta es no.

Omnipresencia. Dios está completamente presente en todo lugar al mismo tiempo. No es que una parte de Dios esté aquí y otra parte allá; Él está plenamente presente en cada punto del universo simultáneamente. El Salmo 139:7-10 captura esto con belleza: no hay lugar adonde huir de su presencia. Para el creyente, esto es consuelo; para quien quiere escapar de Dios, es una realidad imposible de evadir.

Eternidad. Dios existe fuera del tiempo. No tuvo comienzo y no tendrá fin, pero más que eso, el tiempo mismo es una creación suya. Él no está atrapado dentro de la línea del tiempo como nosotros. “Desde la eternidad y hasta la eternidad, Tú eres Dios” (Salmo 90:2). Cuando Dios dice su nombre “Yo soy el que soy” (Éxodo 3:14), está declarando su existencia, sin pasado ni futuro, solo un presente eterno.

Inmutabilidad. Dios no cambia. Su carácter, sus propósitos, sus promesas, nada en Él se altera. “Porque Yo, el Señor, no cambio” (Malaquías 3:6). Esto es fundamental para la fe: si Dios pudiera cambiar, ninguna de sus promesas sería segura. El hecho de que Dios sea el mismo ayer, hoy y siempre es el fundamento de nuestra confianza en Él.

Atributos comunicables

Los atributos comunicables son aquellos que Dios comparte en grado infinitamente menor y limitado con sus criaturas. Cuando los seres humanos amamos, somos justos, decimos la verdad o mostramos misericordia, estamos reflejando, aunque de forma imperfecta, algo del carácter de Dios. Fuimos creados a su imagen (Génesis 1:27), y esa imagen incluye la capacidad de reflejar estos atributos.

Déjame mencionarte algunos de estos atributos comunicables:

Amor. “Dios es amor” (1 Juan 4:8). No dice que Dios tiene amor o que Dios siente amor; dice que Dios es amor. El amor no es una emoción que Dios experimenta; es parte de su esencia. Este amor se expresó supremamente en la entrega de su Hijo (Juan 3:16).

Santidad. Es quizás el atributo más enfatizado en toda la Biblia. Los serafines en Isaías 6 no cantan “eterno, eterno, eterno” ni “amor, amor, amor”; cantan “santo, santo, santo” (Isaías 6:3). La santidad de Dios significa que Él está completamente separado del mal, que es moralmente perfecto y puro en su totalidad, y que no puede tolerar el pecado en su presencia. Es el atributo que hace que la gracia sea escandalosamente generosa porque sabemos lo que merecemos ante un Dios perfectamente santo.

Justicia. Dios siempre actúa conforme a lo que es correcto. No puede ser injusto, no porque esté sometido a una ley externa, sino porque Él mismo es la norma de la justicia. “El Juez de toda la tierra, ¿no hará justicia?” (Génesis 18:25). Esta justicia garantiza que el mal no queda impune.

Misericordia y gracia. La misericordia es Dios no dándonos lo que merecemos. La gracia es Dios dándonos lo que no merecemos. Son distintas, pero inseparables. Éxodo 34:6-7 es la autodescripción de Dios más completa del Antiguo Testamento: “El Señor, el Señor, Dios compasivo y clemente, lento para la ira y abundante en misericordia y verdad.” Dios mismo eligió estas palabras para describirse. No comenzó con su santidad ni con su poder; comenzó con su misericordia.

Veracidad. Dios no puede mentir (Tito 1:2). No es que Dios elija no mentir, es que la mentira es incompatible con su naturaleza. Esto hace que cada promesa en la Biblia sea absolutamente confiable. Cada palabra que Dios habla es verdad, y toda verdad tiene su fundamento último en el carácter de Dios.

La unidad de los atributos

Uno de los errores que podemos cometer es enfrentar los atributos de Dios entre sí. Por ejemplo: “Dios es amor, por eso no puede condenar a nadie.” O al revés: “Dios es justo, por eso no puede simplemente perdonar.” Ambas afirmaciones están cometiendo el mismo error.

Están tratando los atributos de Dios como si compitieran el uno con el otro. Pero la realidad es que no compiten. Se integran perfectamente porque pertenecen a un solo ser perfectamente coherente.

La cruz es la demostración suprema de esto. En la cruz, la justicia de Dios y la misericordia de Dios no se contradicen, se satisfacen simultáneamente. El pecado recibe su justo castigo (justicia), pero lo recibe el Hijo en lugar del pecador (misericordia y amor). Como escribe Pablo: Dios es “justo y sea el que justifica al que tiene fe en Jesús” (Romanos 3:26).

Dios no está en conflicto entre sus atributos. Es perfectamente él mismo en cada uno de ellos, siempre.

Implicaciones para la adoración

Cuando Isaías ve a Dios en su trono (Isaías 6), rodeado de serafines que proclaman su santidad, su primera reacción no es una euforia espiritual. Es terror. ¡Ay de mí! Porque perdido estoy, Pues soy hombre de labios inmundos… mis ojos han visto al Rey, el Señor de los ejércitos” (Isaías 6:5).

El conocimiento genuino de Dios produce primero humillación. Nos hace ver con claridad quiénes somos frente a quien es Él. Y esa humillación es buena porque solo desde ese lugar puede ocurrir la restauración real. El carbón encendido toca los labios de Isaías, su iniquidad es quitada, y entonces puede responder al llamado: “Aquí estoy; envíame a mí.”

La adoración superficial es casi siempre el resultado de una teología superficial. Cuando tenemos un Dios pequeño, manejable, predecible, que básicamente está de acuerdo con todo lo que pensamos, la adoración se vuelve una rutina emocional sin fundamento. Pero cuando comenzamos a ver a Dios como realmente es: infinitamente santo, perfectamente justo, escandalosamente misericordioso, eterno, omnisciente, algo cambia. La adoración se vuelve inevitable.

No porque nos hayamos esforzado en adorar, sino porque no podemos hacer otra cosa frente a lo que vemos.

Conclusión

Estudiar los atributos de Dios es ver el cuadro completo de quien es Dios, por lo menos lo que Él nos ha permitido aprender. Es exponernos a la realidad de quién es Dios para que esa realidad nos transforme.

Una teología correcta no produce orgullo intelectual, produce doxología. Produce el tipo de adoración que Juan describe en Apocalipsis, donde los seres vivientes no se cansan de decir: “Santo, Santo, Santo es el Señor Dios, el Todopoderoso, el que era, el que es y el que ha de venir” (Apocalipsis 4:8).

Conócelo como es. Esa es la tarea de toda una vida y la recompensa es que, entre más lo conoces, más lo adoras.

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