Introducción
Pedro no comienza su carta con una introducción suave que prepare el terreno. Va directo a una de las doctrinas más profundas y más discutidas de toda la Escritura: la elección soberana de Dios. Sin disculparse, sin explicaciones, sin ningún esfuerzo por suavizar lo que está a punto de decir, Pedro identifica a sus lectores como “elegidos según el previo conocimiento de Dios Padre”. Y con esa sola palabra, “elegidos”, entramos en profundidades teológicas que han marcado la historia de la Iglesia desde sus primeros días.
A. W. Pink, el conocido maestro bíblico, escribió sobre este tipo de enseñanza:
“Somos muy conscientes de que lo que hemos escrito está en abierta oposición con gran parte de la enseñanza actual… Reconocemos que los postulados de la soberanía de Dios con todos sus corolarios están en desacuerdo directo con las opiniones y pensamientos del hombre natural. No obstante, la verdad es que el hombre natural es incapaz de pensar en estos asuntos: no es competente para formar una valoración adecuada del carácter y de las maneras en que Dios se manifiesta.”
Objeciones a la doctrina de la elección
Muchos de nosotros, si somos honestos, hemos sentido la incomodidad de esta doctrina. Nos parece que hay algo injusto en que Dios elija a unos y no a otros. Pero esa incomodidad no nace de la Escritura, nace de nuestro propio estado caído. Lo que en realidad queremos ejercer, cuando reclamamos participación en nuestra propia elección, no es justicia, es orgullo.
Y entonces surge la pregunta que debemos hacernos: ¿Es Dios injusto?
De ninguna manera. Dios nunca debe ser medido por el estándar humano, un estándar caído del hombre. ¿Acaso somos tan necios como para suponer que tenemos un estándar más elevado del que tiene Dios? El salmista declara: “Justicia y juicio son el cimiento de tu trono” (Salmo 97:2), e Isaías nos recuerda: “Como son más altos los cielos que la tierra, así son mis caminos más altos que vuestros caminos, y mis pensamientos más que vuestros pensamientos” (Isaías 55:8-9). Como criaturas caídas, simplemente no estamos en posición de determinar si lo que Dios hace es justo, correcto o apropiado. Él es el estándar; nosotros no.
La razón por la que Pedro comienza su carta de la forma en que la comienza es porque esta es una doctrina aceptada en sus tiempos. Él no tenía que defenderla ni explicarla porque los cristianos de esa época lo sabían y lo aceptaban.
En nuestros tiempos es diferente; yo tengo que comenzar de esta forma porque esta doctrina es una de las más odiadas, no solo por las personas inconversas cuando la escuchan, sino por cristianos mismos. Ahora, la doctrina de la elección es un tema profundo que me temo que tal vez no entre tan profundo como quiero, pero trataré, en lo que cabe mi conocimiento, de explicarlo lo mejor que pueda.
Pero, antes de comenzar con el texto, esto es lo que debemos entender.
Dios el Padre, Dios el Espíritu Santo y Dios el Hijo, desde la eternidad pasada, han elegido, han apartado y han reclamado un pueblo que es peregrino en esta tierra, pero que vive bajo Su gracia y Su paz.
Voy a presentar cinco puntos: la presentación de la elección, el origen de la elección, la aplicación de la elección, los efectos de la elección y la bendición de la elección.
I. La presentación de la elección (v. 1)
1 Pedro, apóstol de Jesucristo: A los expatriados, de la dispersión en el Ponto, Galacia, Capadocia, Asia y Bitinia, elegidos
Pedro se identifica como el “enviado”, el que lleva un mensaje con autoridad delegada por Cristo mismo. No escribe como alguien que ofrece su opinión religiosa; escribe con la autoridad de quien fue enviado. Recuerden quién es este hombre: el mismo que negó a Cristo tres veces, el mismo a quien Jesús restauró junto al mar de Galilea con aquella triple pregunta, “¿me amas?”, y a quien encomendó: “apacienta mis ovejas”.
El apóstol que ahora escribe con tanta autoridad sobre la elección de Dios es el mismo que un día experimentó, en carne propia, lo que es fallar profundamente y aun así ser sostenido por la gracia. Eso le da a esta carta una credibilidad pastoral que va más allá de lo doctrinal: Pedro no habla desde la teoría, habla desde la experiencia de haber sido restaurado por un Dios que no lo soltó ni siquiera en su peor momento.
Y esa autoridad se dirige a la gente que sufría: “expatriados”. Esta palabra describe a alguien sin derechos plenos donde vive, muchas veces un refugiado, alguien que sabe que en cualquier momento puede perderlo todo simplemente por no pertenecer del todo al lugar donde está. Piense por un momento en lo que eso significaba: cristianos reales, con nombres, con familias, con trabajos y vecinos, viviendo en tierra ajena, probablemente mirados con sospecha, quizás ya enfrentando los primeros brotes de hostilidad que más adelante estallarían en persecución abierta bajo Roma. No estaban leyendo esta carta desde la comodidad; la estaban leyendo desde la incertidumbre.
Abraham usó esta misma idea de sí mismo ante los hititas cuando pidió un lugar para enterrar a Sara: “Extranjero y forastero soy entre vosotros” (Génesis 23:4). El escritor de Hebreos retoma ese mismo lenguaje para describir a todos los patriarcas de la fe: “confesando que eran extranjeros y peregrinos sobre la tierra… porque los que esto dicen, claramente dan a entender que buscan una patria” (11:13-14).
Pedro está conectando deliberadamente a estos cristianos dispersos y asustados con esa larga fila de peregrinos de fe que se extiende desde Abraham hasta ellos, y hasta nosotros hoy. Ustedes no son los primeros en sentirse fuera de lugar en este mundo. Son parte de una historia mucho más grande de gente que vivió con la mirada puesta en una patria mejor.
Y luego habla de la “dispersión”, que se traduce como diáspora, de donde sale el término castellano: dispersos. Esta palabra que para cualquier judío del primer siglo evocaba inmediatamente el dolor histórico del exilio, el recuerdo de haber sido arrancados de la tierra prometida por causa del juicio de Dios sobre la desobediencia de sus antepasados. Pero Pedro toma esa palabra cargada de dolor y la extiende más allá de Israel: la carta deja claro que también se dirige a gentiles convertidos, gente que antes vivía en idolatría (4:3). Es como si Pedro estuviera diciendo: Ya no importa de dónde vengan ustedes, judíos o gentiles; ahora todos comparten la misma condición espiritual de estar dispersos, de vivir lejos de casa, en un mundo que no es su destino final.
Las cinco provincias mencionadas, Ponto, Galacia, Capadocia, Asia y Bitinia, cubrían prácticamente toda el Asia Menor, la actual Turquía. Esta no era una nota personal para una sola congregación cómoda y establecida. Era una carta destinada a circular entre comunidades dispersas por una región enorme, muchas de ellas probablemente pequeñas, vulnerables, sin mucho respaldo, necesitadas de una palabra de aliento que les recordara quiénes eran en medio de tanta incertidumbre.
Y a esa gente, extranjera, dispersa, vulnerable, con motivos reales para sentir miedo, Pedro les abre con una sola palabra que lo cambia absolutamente todo: “elegidos.” Antes de decirles cómo sufrir, y la carta completa está llena de instrucciones sobre cómo sufrir bien, Pedro necesitaba que supieran, primero, quiénes eran. Su identidad más profunda, más real, más permanente, no era la de refugiados vulnerables en un imperio hostil. Era la de escogidos del Dios viviente.
Y quiero que usted escuche esto hoy con ese mismo peso. Tal vez usted también se siente, en algún sentido, como extranjero, extranjero en su propia cultura por causa de su fe, disperso de la familia o la tierra que conocía, sin raíces firmes en este mundo que a veces se siente tan hostil a lo que usted cree. Si esa es su realidad esta mañana, la primera palabra que Dios tiene para usted no es sobre su circunstancia difícil. Es sobre su identidad inquebrantable. Usted es escogido. Y ninguna dispersión, ningún exilio, ninguna hostilidad puede cambiar eso.
Pedro nos dice a quiénes escribe: extranjeros elegidos, dispersos en un mundo que no es su hogar. Pero surge la pregunta: ¿de dónde viene esa elección? ¿Es una decisión humana, una casualidad histórica, o tiene un origen más profundo? Pedro no nos deja adivinar.
II. El origen de la elección (v. 2a)
2a según el previo conocimiento de Dios Padre
Quiero detenerme aquí, porque esta es, para muchos, la parte más difícil de entender de todo el pasaje, y quizás la parte donde más necesitamos claridad, porque los malentendidos aquí terminan robándole al creyente su seguridad y a Dios su gloria.
Nos han enseñado, muchas veces sin darnos cuenta, que Dios eligió porque vio de antemano quién iba a creer, como si Él estuviera parado fuera del tiempo, observando de antemano la película entera de nuestra vida, y eligiendo únicamente a los que sabía que dirían que sí al evangelio. Suena razonable a primera vista. Hasta suena “más justo”, porque parece dejarle a cada persona la decisión final. Pero deténgase a pensarlo con cuidado, porque esa idea, aunque popular, tiene un problema serio en su raíz: le quita a Dios la gloria que solo a Él pertenece, y sin darnos cuenta, nos da a nosotros el mérito.
Porque si Dios eligió basado en lo que Él vio que nosotros haríamos, entonces, al final, la salvación depende, aunque sea en una fracción mínima, de algo que nosotros aportamos: nuestra futura decisión de fe. Y eso, hermanos, no es lo que enseña la Escritura de principio a fin. Jesús mismo se lo dijo a sus discípulos sin ninguna ambigüedad: “No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros” (Juan 15:16). Y Pablo, escribiendo a los efesios, es todavía más directo: “por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe” (2:8-9).
Fíjese bien en esa última frase: “para que nadie se gloríe”. Si la elección dependiera, aunque fuera mínimamente, de algo bueno que Dios previó en nosotros, tendríamos motivo para jactarnos, aunque fuera un poco. Pero la Escritura cierra esa puerta por completo. Ni siquiera nuestra fe es algo que aportamos nosotros para merecer la elección de Dios; es, en sí misma, fruto de esa elección.
El “previo conocimiento” del que habla Pedro no es información acumulada sobre el futuro. Es relación determinada por amor. Cuando Dios le dice a Israel, por medio del profeta Amós: “A vosotros solamente he conocido de todas las familias de la tierra” (3:2); es evidente que Dios sabía de la existencia de todas las demás naciones de la tierra; Él es omnisciente, nada se le escapa. Lo que Amós está describiendo, entonces, es una relación electiva y exclusiva: Dios escogió amar y relacionarse con Israel de una manera que no escogió a ningún otro pueblo.
Es exactamente el mismo lenguaje que Dios usa con el profeta Jeremías: “Antes que te formase en el vientre te conocí, y antes que nacieses te santifiqué, te di por profeta a las naciones” (1:5). Jeremías todavía no existía como persona formada, no había hecho absolutamente nada bueno ni malo, y ya Dios lo “conocía”, ya lo había apartado con un propósito específico. Eso no es previo conocimiento de datos futuros. Es un amor que existe antes de cualquier mérito que nosotros hayamos hecho.
Y aquí está, para mí, el argumento que más debería conmovernos: Pedro usa esta misma idea de “conocer de antemano” un poco más adelante en su propia carta, en el capítulo 1, versículo 20, para describir a Cristo mismo, “ya destinado desde antes de la fundación del mundo, pero manifestado en los postreros tiempos por amor de vosotros”. Piense en esto con cuidado: nadie, jamás, en ningún rincón de la teología cristiana, sugeriría que el Padre simplemente “observó” con anticipación que Jesús decidiría morir en la cruz, y que por eso, viendo esa futura decisión, lo “escogió” para el papel del Salvador. Eso sería absurdo.
El Padre determinó, desde la eternidad, con amor soberano y activo, entregar a Su propio Hijo por nosotros. Esa es la clase de conocimiento previo del que Pedro habla, y es exactamente esa misma clase de amor, no basado en ningún mérito que Dios haya “visto” de antemano en nosotros, sino puramente de gracia, con la que el Padre lo conoció a usted antes de que el mundo existiera.
Y eso, lejos de asustarnos, debería quitarnos de una vez cualquier duda persistente sobre si merecemos el amor de Dios. La respuesta corta es: no, no lo merecemos. Nunca lo merecimos. Y aun así, antes de que existiéramos, antes de que hiciéramos algo bueno o malo, Él ya nos había conocido, con la misma clase de amor determinado con el que conoció a Su propio Hijo.
El previo conocimiento de Dios Padre es el origen de la elección, pero el conocimiento previo de Dios, por sí solo, no cambia a nadie. Entonces, ¿cómo se hace real esa elección en la vida de una persona? Pedro nos muestra que hay una obra concreta, presente, que la aplica.
III. La aplicación de la elección (v. 2b)
2b por la obra santificadora del Espíritu
Aquí es donde la elección deja de ser solamente una verdad majestuosa pero distante sobre la eternidad pasada de Dios, y se convierte en algo que usted puede sentir, experimentar y vivir hoy mismo, en este preciso momento de su vida.
Porque seamos honestos: la doctrina de la elección, si se queda encerrada únicamente en el pasado eterno de Dios, puede sonar hermosa en el papel, pero también fría y distante en la práctica, algo que sucedió “allá”, antes del tiempo, sin ninguna conexión aparente con mi lunes por la mañana, con la ansiedad que cargo esta semana, con la tentación que enfrenté ayer, con mi caminar diario y ordinario.
Pero Pedro no lo deja ahí. Dice que esa elección eterna del Padre se manifiesta, se hace real, tangible, presente, en la santificación del Espíritu. Es decir: el mismo Dios que lo escogió a usted antes de la fundación del mundo está, en este mismo instante, obrando activamente en su vida para hacerlo santo.
La santificación significa separación, apartado de algo y apartado para algo. Apartado del pecado que antes te dominaba, de la oscuridad en la que antes caminabas sin darte cuenta, de la vida vieja que definía quién era usted; y apartado para Dios, para la santidad, para una vida que ahora tiene otro dueño, otro propósito, otra dirección. Pedro desarrollará esta misma idea más adelante en su carta, usando un lenguaje casi idéntico al que Dios usó siglos antes para describir a Israel como Su pueblo escogido: “Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios… vosotros, que en otro tiempo no erais pueblo, pero que ahora sois pueblo de Dios” (2:9-10). Lo que Dios hizo con Israel en el Sinaí, apartarlos de entre todas las naciones para que fueran Su tesoro especial, lo está haciendo con usted hoy, por medio de la obra silenciosa y constante del Espíritu Santo.
Y quiero que note algo que me parece muy importante: esta obra del Espíritu tiene un comienzo real, el día en que usted creyó, cuando el Espíritu le dio vida nueva, produjo en usted fe genuina y lo llevó al arrepentimiento, pero no termina ahí, en ese momento inicial. Continúa. No se detiene. Cada día que usted lucha contra el pecado y no se rinde, cada vez que se arrepiente honestamente y vuelve a Dios en lugar de justificarse, cada pequeño paso de crecimiento que a veces ni siquiera nota porque está demasiado cerca de su propia vida para verlo con claridad, todo eso es el Espíritu Santo aplicando, poco a poco, día tras día, la elección eterna del Padre a su vida.
Esto significa algo profundamente liberador: usted no fue elegido para quedarse exactamente igual a como era antes. Fue elegido para ser transformado. Y esa transformación no es un proyecto que depende únicamente de su propia fuerza de voluntad, de su disciplina espiritual o de cuánto esfuerzo logre reunir cada mañana; es la obra activa, paciente y fiel del Espíritu de Dios, que ya comenzó en usted el día que creyó y que no se detendrá hasta terminar lo que empezó.
Como dice Filipenses 1:6: Estoy convencido precisamente de esto: que el que comenzó en ustedes la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Cristo Jesús.
El Espíritu nos aparta y nos hace santos, pero la santificación no es un fin en sí mismo; tiene una meta. ¿Para qué nos elige Dios y nos santifica el Espíritu? Pedro nos da la respuesta con dos verbos que van juntos.
IV. Los efectos de la elección (v. 2c)
2c para obedecer a Jesucristo y ser rociados con Su sangre
Dos ideas, pero cargadas de peso, porque juntas responden a la pregunta que probablemente muchos de ustedes se hacen en silencio, quizás sin atreverse a decirla en voz alta: si de verdad soy elegido, ¿qué se espera de mí? ¿Qué espera el Señor de mí?
Según el apóstol Pedro, dos cosas:
Obedecer a Jesucristo
No existe elección genuina sin un cambio real de dirección en la vida. La palabra que Pedro usa para “obediencia” lleva la idea de someterse a lo que se escucha; no es un asentimiento intelectual, sino una respuesta activa de sumisión. Pablo la llama, en Romanos, “la obediencia de fe” (1:5), como si fe genuina y obediencia genuina fueran, en el fondo, dos expresiones del mismo acto: el corazón que se rinde a Cristo como Señor. Donde hay fe salvadora real, tarde o temprano aparece también obediencia real, no porque la obediencia salve, sino porque la fe que salva siempre transforma.
Como vimos en el libro de Santiago, la fe sin obras es muerta.
Y quiero ser muy claro aquí, porque sé que algunos, al escuchar la palabra “obediencia”, sienten inmediatamente el peso de no estar a la altura, de fallar constantemente, de preguntarse si realmente son de Cristo por cuánto todavía luchan con el pecado. Escuche esto con atención: esto no describe una perfección que usted ya alcanzó, ni que se espera que alcance por su propia cuenta esta semana. Ni siquiera Juan, el apóstol que más habló del amor y la comunión con Dios, pretendía eso de los creyentes: “Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros” (1 Juan 1:8).
Lo que este texto describe no es perfección instantánea, sino una dirección, un patrón general de vida, un corazón que ahora, aunque tropiece y caiga, se levanta y camina hacia Cristo en lugar de alejarse de Él indefinidamente. La diferencia entre el creyente elegido y el que no lo es no es que uno peque y el otro nunca peque, es que uno, cuando cae, se levanta hacia Dios, y el otro sigue corriendo en dirección contraria.
El mismo Pedro es un ejemplo de esto, un hombre que cuando Cristo fue arrestado lo negó tres veces, y en esa última negación Jesús lo miró fijamente. La Biblia dice que lloró amargamente, pero volvió al único que podía salvarlo. Pero tenemos a otro que traicionó a Jesús, y lo hizo por treinta monedas de plata. Judas, después que vio el error de su camino, le tiró las monedas a los sacerdotes, pero su respuesta fue diferente a la de Pedro. Judas se ahorcó porque era el único escape que vio para su culpabilidad.
Rociados con su sangre
Y aquí, hermanos, está quizás la imagen más hermosa, más rica, y también la que menos escuchamos predicada de todo este pasaje. Imagínense por un momento la escena completa en el monte Sinaí, registrada en Éxodo 24: Moisés acaba de bajar del monte con la ley de Dios recién recibida. La lee en voz alta ante todo el pueblo reunido. Y el pueblo, con toda solemnidad, responde a una sola voz: Haremos todas las cosas que Jehová ha dicho, y obedeceremos. Entonces Moisés construye un altar, ofrece sacrificios, toma la sangre de esos sacrificios en tazones y literalmente la rocía sobre el pueblo reunido, declarando en voz alta: “He aquí la sangre del pacto que Jehová ha hecho con vosotros sobre todas estas cosas” (Éxodo 24:8).
Imagínese esa escena: sangre cayendo, gota a gota, sobre cientos de miles de personas, sellando de manera visible y tangible un pacto solemne entre Dios y Su pueblo. Esa sangre, cayendo sobre la gente, comunicaba visiblemente dos promesas a la vez: que Dios se comprometía a perdonar, y que el pueblo se comprometía a obedecer.
Ahora avancemos más de mil años en la historia, a un aposento alto en Jerusalén, la noche antes de que Jesús muriera. Él toma la copa en sus manos y dice a sus discípulos: “Esto es mi sangre del nuevo pacto, que por muchos es derramada para remisión de los pecados” (Mateo 26:27-28). Cualquier judío presente en esa mesa hubiera reconocido inmediatamente el eco de las palabras de Moisés en el Sinaí. Jesús estaba tomando conscientemente esa misma imagen antigua del pacto sellado con sangre, y cumpliéndola de una vez y para siempre en Su propia persona, en Su propia sangre derramada en la cruz.
Y Pedro le dice a usted, hoy, aquí mismo, que si es elegido, ha sido espiritualmente rociado con esa misma sangre. Eso significa dos cosas al mismo tiempo, y quiero que ambas se queden con ustedes: primero, que usted ha entrado en un pacto real, serio, vinculante con Dios, que le compromete genuinamente a obedecer; no es un contrato que se pueda tomar a la ligera.
Pero segundo, y esto es quizás lo que más necesita escuchar si hoy se siente cansado, culpable o convencido de que ha fallado demasiado: esa misma sangre sigue limpiándolo, ahora mismo, cada vez que falla en esa obediencia (1 Juan 1:7). Su seguridad delante de Dios nunca dependió, ni un solo día, de que usted lograra obedecer perfectamente. Depende, desde el principio hasta el final, de que la sangre de Cristo es suficiente, ayer, hoy y siempre.
Obedecer a Cristo y ser rociados con Su sangre, esa es la meta de la elección. Pero frente a una doctrina tan alta, uno podría sentirse abrumado, o hasta con temor de no estar a la altura. Por eso Pedro no termina el saludo ahí; termina con una palabra que alivia cualquier temor.
V. La bendición de la elección (v. 2d)
2d Que la gracia y la paz les sean multiplicadas a ustedes.
Después de toda esa doctrina tan profunda y tan cargada, elección, previo conocimiento, santificación, sangre derramada, Pedro no cierra su saludo con más teología pesada. Cierra con una oración sincera. La forma verbal que usa en el griego original expresa deseo intenso, un anhelo genuino del corazón. Es el corazón de un pastor que ama a su gente, anhelando lo mejor de Dios para personas que estaban atravesando dificultad real.
Y creo que eso es exactamente lo que usted necesita escuchar antes de salir hoy de este lugar. Porque es fácil, después de estudiar una doctrina tan alta y tan profunda como la elección, salir sintiéndose pequeño, abrumado, quizás incluso con la sospecha de si en verdad usted está entre los elegidos de Dios. Pero mire con atención cómo decide terminar Pedro este saludo: no con una advertencia, ni con una prueba para que usted se examine con ansiedad.
Termina con una bendición genuina. Gracia, el favor completamente inmerecido de Dios, que es la fuente misma de todo lo que hemos visto hoy: nuestra elección, nuestra santificación, nuestro perdón. Y paz, esa plenitud profunda, ese descanso del alma, que viene únicamente de saber que usted está reconciliado con Dios, que Él lo escogió por puro amor, que el Espíritu lo está santificando activamente hoy mismo, y que la sangre de Cristo lo cubre por completo.
Si usted es de Cristo esta mañana, esta doctrina de la elección, lejos de producir en usted orgullo, o ansiedad, o duda constante, debería producir humildad genuina, porque usted no hizo absolutamente nada para merecerla; debería producir adoración sincera, porque toda la gloria de su salvación le pertenece únicamente a Dios y no a ningún esfuerzo suyo; debería producir gozo profundo, porque sin esa gracia, usted estaría perdido para siempre, sin ninguna esperanza; y debería producir en usted un deseo renovado y genuino de vivir una vida santa, simplemente en gratitud por lo que Dios ha hecho. Esa es, al final, la meta de esta doctrina y a veces tan difícil de comprender: si no dejarlo de rodillas, verdaderamente agradecido, en paz genuina con el Dios que lo conoció desde antes de la fundación del mundo.
Conclusión
Volvamos a la pregunta con la que comenzamos: ¿Es Dios injusto al elegir? De ninguna manera. Lo que hemos visto en estos dos versículos no es un Dios arbitrario ni caprichoso, sino un Dios que, desde la eternidad, con el Padre determinando, el Espíritu aplicando y el Hijo sellando con Su propia sangre, se propuso formar para sí un pueblo, un pueblo de extranjeros y peregrinos en este mundo, sí, pero un pueblo profundamente amado, profundamente seguro y profundamente bendecido.
Si esta mañana usted se siente como un extranjero, si la vida cristiana a veces le hace sentir que no pertenece a este mundo, que está disperso, que está solo, recuerde lo que Pedro quería que sus lectores supieran antes que ninguna otra cosa: usted es elegido. Escogido por el Padre desde antes de la fundación del mundo. Apartado por el Espíritu para pertenecer a Dios. Comprometido a obedecer a Cristo, y sellado para siempre por Su sangre.
Es el fundamento de toda esperanza, toda seguridad y todo gozo del cristiano. Y por eso Pedro no puede terminar su saludo de otra manera más que con esta bendición, que hoy también es mi oración por cada uno de ustedes: que la gracia y la paz les sean multiplicadas.