Texto: Santiago 2:14-26
Introducción
Jesús dijo en Mateo 7:21: “No todo el que me dice: “Señor, Señor”, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de Mi Padre que está en los cielos”.
Hay personas que llevan años llamándose cristianos. Conocen los versículos, asisten a la iglesia, saben las respuestas correctas. Pero si miras su vida de cerca, algo no cuadra. No hay transformación. No hay fruto. Solo palabras.
Juan el Bautista lo vio claramente cuando los fariseos y saduceos vinieron a su bautismo. No los felicitó por su religiosidad. Les dijo en Mateo 3:7-8: “¡Camada de víboras! ¿Quién les enseñó a huir de la ira que está al venir? Por tanto, den frutos dignos de arrepentimiento”. En otras palabras: no me digas quién eres, demuéstramelo.
Jesús mismo dijo en Mateo 5:16: “Así brille la luz de ustedes delante de los hombres, para que vean sus buenas acciones y glorifiquen a su Padre que está en los cielos”. La luz no se declara, se ve. Un cristiano verdadero no tiene que anunciar que lo es; su vida lo dice.
Y sin embargo, Juan 2:23-25 nos muestra algo inquietante. Muchos creyeron en Jesús al ver las señales que hacía, pero Jesús no se fiaba de ellos, porque Él conoce lo que hay en el corazón del hombre. Hay una fe que impresiona a los hombres, pero no engaña a Dios.
Hoy Santiago nos va a confrontar con esa misma realidad. Porque el problema no es solo el de los fariseos o los saduceos. El problema puede estar sentado aquí esta mañana, en esta congregación, en este banco, en este corazón.
Idea central
Una fe que no se manifiesta en obras no es fe verdadera, sino una fe muerta que no puede salvar.
Entonces, esta es la pregunta que debemos pensar: ¿Cómo puedo saber si mi fe es verdadera o muerta?
Santiago nos hace una pregunta que debería incomodarnos: ¿de qué aprovecha decir que tenemos fe si nuestra vida no lo demuestra? Para responderla, él nos va a mostrar primero cómo luce una fe muerta y luego cómo luce una fe viva. Al terminar este pasaje, cada uno de nosotros tendrá que responder honestamente: ¿cuál de las dos describe mi vida?
I. La fe muerta (v. 14-20)
14 Hermanos míos, ¿de qué aprovechará si alguno dice que tiene fe, y no tiene obras? ¿Podrá la fe salvarle?
Santiago comienza esta sección de la palabra, después que habló de ser imparcial y no hacer acepción de personas, con dos preguntas. Quiero mencionar que cuando dice “si alguno dice”, esto es lo que rige la interpretación de todo el pasaje.
No está diciendo que la persona tiene una fe salvadora, sino que dice que dice tenerla. Cabe mencionar que Santiago nos quiere dejar claro, a nosotros, Iglesia Bautista Comunidad de Gracia, que si nos llamamos cristianos, debemos parecernos a nuestro Señor Jesucristo.
Este es el tema de la Carta de Santiago, la relación de la fe y las obras. Ahora vamos a ver lo que Santiago dice sobre esa relación, y comienza con dos preguntas que nos van a confrontar. Miguel Núñez menciona, citando a un autor, que estas preguntas retóricas tienen la idea de sacudir al cristiano de su letargo ortodoxo.
La primera pregunta que nos hace: ¿De qué sirve, hermanos míos, si alguien dice que tiene fe, pero no tiene obras?
Es como decir: Tú dices que tienes fe, pero mirando tu vida no veo esa fe puesta en acción. Lo que está insinuando es que una fe que no está acompañada de obras, es una fe muerta. Entonces, si no tienes obras, no tienes salvación.
La segunda pregunta: ¿Acaso puede esa fe salvarlo?
¿Qué fe? Vamos a ir a la predicación del domingo pasado, de hacer acepción de personas.
La respuesta a esa pregunta es no, porque esa fe no se manifiesta en la vida de esa persona. La fe verdadera, lo que nos está diciendo Santiago, no es creer de la forma correcta, sino que debe reflejarse en una vida que ha sido transformada por Dios.
Cuando Santiago hace esta segunda pregunta, no está diciendo que la fe no salva; mira cómo lo está diciendo. ¿Puede esa fe salvarlo? ¿Qué fe? La fe muerta que está describiendo.
Esa fe, que está muerta, no puede dar vida y mucho menos vida eterna.
Santiago, comenzando estos versículos, nos está mostrando que hay dos tipos de fe: una fe falsa que no salva y una fe verdadera que produce frutos en una vida transformada. Como lo dice el pastor Miguel Núñez, un estilo de vida caracterizado por la piedad.
En los próximos versículos, Santiago nos da cuatro ilustraciones de la relación entre la fe y las obras. Primero nos da una ilustración de un hermano que está padeciendo una necesidad.
15 Y si un hermano o una hermana están desnudos, y tienen necesidad del mantenimiento de cada día, 16 y alguno de vosotros les dice: Id en paz, calentaos y saciaos, pero no les dais las cosas que son necesarias para el cuerpo, ¿de qué aprovecha? 17 Así también la fe, si no tiene obras, es muerta en sí misma.
Aquí Santiago nos muestra la insensibilidad hacia la necesidad de otra persona. Esta persona, que se hace llamar cristiana, realmente niega a Cristo. Ve a su hermano o hermana con una necesidad, pero le dice: “Ve en paz, come y caliéntate”.
Pero, ¿cómo va a estar el hermano en paz si no tiene qué comer y no tiene ropa para mantenerse caliente? Tal vez tienes el clóset lleno de ropa y una nevera llena de comida, pero no le das nada. Pero le dices: “Ve en paz”.
El apóstol Juan coincide con Santiago; mira lo que escribió en 1 Juan 3:17-18:
Pero el que tiene bienes de este mundo, y ve a su hermano en necesidad y cierra su corazón contra él, ¿cómo puede morar el amor de Dios en él? Hijos, no amemos de palabra ni de lengua, sino de hecho y en verdad.
Si amas solamente de palabras, no te sirve de nada; es un amor hueco y vacío. Usando las palabras de Juan, si realmente tienes una fe verdadera, entonces debes amar con hechos y en verdad.
Pero déjame responder una pregunta que tal vez te hagas. Tal vez me puedes decir, pero Santiago y Juan están hablando solamente de hermanos en la fe que tienen necesidad. Déjame leerte lo que dice el apóstol Pablo en Gálatas 6:10:
Así que entonces, hagamos bien a todos según tengamos oportunidad, y especialmente a los de la familia de la fe.
Pablo nos dice esto porque el carácter piadoso del cristiano debe ser exhibido dondequiera que estemos. También podemos comparar a esta persona de la que habla Santiago con la parábola del buen samaritano. No voy a leerlo, pero lo pueden buscar después para que lo lean en Lucas 10:25-37.
Esto es un resumen de lo que está en el texto.
En la parábola se nos dice que el levita y el sacerdote vieron a un hombre tirado en el suelo y herido después que cayó en manos de unos ladrones. Pero estas personas no hicieron nada para ayudarlo, le pasaron por el lado y siguieron caminando. Estos eran un sacerdote y un levita, personas que representaban a los creyentes. Luego pasó un samaritano, que era considerado un incrédulo por los judíos, y se detuvo a cuidar a aquel hombre que fue asaltado y herido. Los dos creyentes no pararon, siguieron caminando. Al final de la parábola, el samaritano, que era un incrédulo para los judíos, fue el que se comportó como un creyente verdadero.
¿Quién demostró su fe?
En el versículo 17, Santiago luego dice: Así también la fe por sí misma, si no tiene obras, está muerta.
Lo que Santiago está tratando de que nosotros veamos es que la ausencia de buenas obras en la persona que se dice ser creyente realmente está demostrando que tiene una fe muerta, una fe falsa. No es una verdadera fe.
Ese es el énfasis de Santiago en todos estos pasajes.
18 Pero alguno dirá: Tú tienes fe, y yo tengo obras. Muéstrame tu fe sin tus obras, y yo te mostraré mi fe por mis obras. 19 Tú crees que Dios es uno; bien haces. También los demonios creen, y tiemblan. 20 ¿Mas quieres saber, hombre vano, que la fe sin obras es muerta?
Entonces Santiago sigue su argumento: Pero alguien dirá: «Tú tienes fe y yo tengo obras. Muéstrame tu fe sin las obras, y yo te mostraré mi fe por mis obras».
En otras palabras, yo te mostraré mis obras, y mis obras hablarán claramente de que yo sí he creído claramente. Tú, sin embargo, me tienes que demostrar tu fe sin obras; ¿cómo vas a hacer eso? La fe no se ve, entonces, ¿cómo puedo saber si tu fe es verdadera?
Eso no es lo que vemos mucho hoy, personas declarando que aman a Dios y que son creyentes, pero no vemos nada en sus vidas que respalde eso. Decir que crees en Jesús es solo de palabras hacia afuera. Por eso la Biblia dice: “Por sus frutos los conoceréis”.
Una creyente, un verdadero creyente, que no da fruto, no es un verdadero creyente. Es simplemente una persona con una fe muerta. Pero déjame recordarte, quiero ser claro, las obras no se hacen para ser salvos. Se hace después de haber sido salvo, como fruto de una mente y un corazón renovado. Juan Calvino dijo lo siguiente: “es la fe sola la que salva; pero la verdadera fe nunca está sola”.
En el versículo 19, Santiago nos da una segunda ilustración.
Tú crees que Dios es uno. Haces bien; también los demonios creen, y tiemblan.
En Marcos 1:24 podemos ver que los demonios llegaron a llamar a Jesús “el Santo de Dios”. En Lucas 8:28 le llamaron: “Jesús, Hijo del Dios Altísimo”. ¿Qué nos dice eso? Ellos creen en la divinidad de Jesús. Tienen una cristología. Pero eso no los cambia. Ellos creen lo que les espera, saben que serán castigados, pero el tener ese conocimiento no los transforma.
Miguel Núñez dice esto: “Los demonios se sometían a Jesús y creían en su señorío, pero esa creencia no los cambia. Se someten a su poder irresistible, pero no porque lo amen o confíen en Él, sino como los criminales se someten a sus guardianes en prisión.”
Entonces los demonios tienen una teología correcta, pero su conducta no corresponde con lo que creen. Mis amados hermanos y hermanas, si tu teología y tu práctica no coinciden, entonces tu fe está muerta y tu salvación no es verdadera.
Pero le añade algo: los demonios creen y tiemblan. Los demonios al menos tiemblan ante la verdad de Dios con temor. Porque saben que les aguarda el tormento eterno en el infierno.
En ese sentido, los demonios son mucho más realistas que los que tienen una fe falsa, pensando que escaparán el juicio de Dios.
Santiago luego termina esa sección con una pregunta antes de comenzar con la tercera ilustración.
Pero, ¿estás dispuesto a admitir, oh hombre vano, que la fe sin obras es estéril?
Ya puedes admitir, hombre vacío o defectuoso (la idea de la palabra vano), que la fe que no tiene obras no da fruto porque está muerta.
Pablo y Santiago son muchas veces malentendidos como si se contradijeran. Pero no es así. Escucha lo que Pablo escribe en Romanos 3:28: “Porque concluimos que el hombre es justificado por la fe aparte de las obras de la ley”. Y en Gálatas 2:16: “sabiendo que el hombre no es justificado por las obras de la ley, sino mediante la fe en Cristo Jesús”.
Pablo y Santiago no están en desacuerdo. Están combatiendo errores distintos. Pablo le habla al que piensa que puede ganarse la salvación acumulando méritos religiosos. Santiago le habla al que piensa que basta con declarar una fe que no produce ningún cambio en su vida. Los dos apuntan a la misma verdad desde ángulos diferentes: la fe genuina es la que justifica, y la fe genuina siempre actúa.
Lutero tuvo dificultad con la carta de Santiago precisamente porque no vio esto con claridad. Pero cuando leemos a Pablo y a Santiago juntos, la imagen es completa. No hay contradicción, hay complemento.
Ahora Santiago nos va a mostrar, con dos ejemplos de la historia bíblica, cómo luce esa fe genuina cuando se pone en acción. Y los dos ejemplos que elige son sorprendentes: un patriarca y una prostituta. Dios no mira el estatus; mira la autenticidad de la fe.
II. La fe viva (vv. 21-26)
21 ¿No fue justificado por las obras Abraham nuestro padre, cuando ofreció a su hijo Isaac sobre el altar? 22 ¿No ves que la fe actuó juntamente con sus obras, y que la fe se perfeccionó por las obras? 23 Y se cumplió la Escritura que dice: Abraham creyó a Dios, y le fue contado por justicia, y fue llamado amigo de Dios. 24 Vosotros veis, pues, que el hombre es justificado por las obras, y no solamente por la fe.
Si la palabra no declarara algo más de estos versículos, pensaríamos que Abram fue declarado justo después de haber ofrecido a su hijo en el altar. Pero gracias a Dios, que su palabra está completa, y nunca nos deja en duda.
El texto habla de algo que ocurrió en el libro de Génesis, entonces tenemos que ir al libro de Génesis. Vamos a entender mejor lo que Santiago está diciendo aquí.
En Génesis 15:6 nos dice:
Y Abram creyó en el Señor, y Él se lo reconoció por justicia.
Eso ocurrió en el capítulo 15 de Génesis; lo de sacrificar a su hijo ocurrió en el capítulo 22.
En este punto de la historia (cuando fue justificado), Abram tenía unos 75 años cuando creyó a Dios y le fue contado por justicia. Lo que significa que a los 75 años ya Abram era creyente y el Señor lo había declarado justo.
Isaac no había nacido y ni pensaba nacer todavía, pero Abram se convirtió en un creyente verdadero porque creyó lo que Dios le dijo y nada más. La pregunta entonces, ¿qué fue lo que le creyó a Dios? Que, a pesar de su edad avanzada, tendría un hijo.
Vamos a leer lo que le dice en Génesis 15:4-5:
4 Pero la palabra del Señor vino a él, diciendo: «Tu heredero no será este, sino uno que saldrá de tus entrañas, él será tu heredero». 5 El Señor lo llevó fuera, y le dijo: «Ahora mira al cielo y cuenta las estrellas, si te es posible contarlas». Y añadió: «Así será tu descendencia».
Porque creyó algo que a los ojos del ser humano era imposible, fue justificado por creer en Dios.
Unos 40 años después, Dios le pidió que sacrificara a su hijo; cuando se le pidió que sacrificara a su hijo, habían pasado unos 40 años después de haber creído. Tomando esto en cuenta, la epístola de Santiago no contradice la doctrina de la salvación que es por fe solamente. Lo que hace es complementarlo.
Al obedecer a Dios, se demostró que era un creyente verdadero. Su obediencia fue la evidencia de su fe.
Santiago luego sigue en los versos 22 y 23:
Ya ves que la fe actuaba juntamente con sus obras, y como resultado de las obras, la fe fue perfeccionada; y se cumplió la Escritura que dice: «Y Abraham creyó a Dios y le fue contado por justicia», y fue llamado amigo de Dios.
El pastor Núñez menciona lo siguiente: “En el caso de Abraham, su obediencia externa puso de manifiesto la autenticidad de su fe interna.”
Ahora te puedes preguntar, pero ¿cómo Abraham fue justificado cuando nadie puede ser salvo sino por Jesús? Y vivió unos dos mil años antes de Cristo.
Pues, vamos a ver dos textos: Pablo en Romanos 14:9 nos dice: Porque para esto Cristo murió y resucitó, para ser Señor tanto de los muertos como de los vivos.
En Juan 8:56 Jesús dijo: Abraham, el padre de ustedes, se regocijó esperando ver Mi día; y lo vio y se alegró.
Santiago luego concluye en el versículo 24 diciendo:
Ustedes ven que el hombre es justificado por las obras y no solo por la fe.
A primera instancia podemos entender que la salvación es por fe y por obras, pero como hemos visto, no es así por el ejemplo de Abraham. Que fue declarado justo unos 40 años antes de ofrecer a su hijo en sacrificio.
Mis amados hermanos y hermanas, así es como debemos entenderlo. Mi fe solamente me declara justo delante de Dios. Mis obras me declaran justo delante de los hombres, que me observan, porque ellos están evidenciando que mi fe va más allá de mis palabras.
Lo que Santiago nos está tratando de decir es que, si mi fe no se manifiesta, no es verdadera fe. Ahora Santiago nos da una cuarta ilustración.
25 Asimismo también Rahab la ramera, ¿no fue justificada por obras, cuando recibió a los mensajeros y los envió por otro camino? 26 Porque como el cuerpo sin espíritu está muerto, así también la fe sin obras está muerta.
Aquí vemos un contraste entre Abraham y Rahab. Ella era una mujer, una gentil y una prostituta. El pastor John MacArthur menciona:
- Abraham era un hombre moral; ella era una mujer inmoral.
- Él era un noble caldeo; ella era una corrompida cananea.
- Él era un gran líder; ella era una ciudadana común.
- Él estaba en la cima en el orden económico y social; ella estaba en lo más bajo.
- Pero Rahab la ramera aparece en la lista junto con Abraham en la ilustre galería de los fieles (Hebreos 11).
- Incluso está en el linaje humano de Jesús, al ser la bisabuela de David (Mateo 1:5).
En Josué, capítulo 2, vemos que Josué está haciendo preparativos para conquistar la tierra de Jericó. Envío dos espías para que reconocieran la tierra. Los dos espías se hospedaron en la casa de una ramera llamada Rahab.
Esta mujer había oído hablar de las maravillas de Dios, de lo que hizo con su pueblo y los liberó. Ella creyó en el verdadero Dios. Esta era una mujer cananea; adicionalmente, era una prostituta pagana, pero llegó a creer en Jehová al punto en que escondió a los dos espías, poniendo su vida en riesgo.
Los escondió en el techo de su casa y luego los bajó por la ventana con una soga, pudiendo escapar. Los dos espías, antes de irse, le prometieron que cuando conquistaran, ella y los suyos se salvarían.
¿Por qué Santiago usa este ejemplo? Para que podamos ver que aún los gentiles, si ponen su confianza en el único Dios verdadero, podían y pueden alcanzar salvación.
Al mismo tiempo, también podemos ver que esta historia ilustra que una fe verdadera va acompañada de obras. Esta mujer creyó en el Dios de los israelitas, y cuando actuó a favor de ellos, puso su vida en peligro. Las obras no salvan, pero una fe verdadera va acompañada de obras.
Abraham no ofreció a Isaac para ganarse la salvación. Ya era salvo desde Génesis 15. Lo que hizo fue obedecer a Dios en el momento más costoso de su vida, y esa obediencia fue la evidencia visible de lo que ya había ocurrido en su corazón cuarenta años antes.
Rahab tampoco actuó para merecer algo. Actuó porque ya había creído. Escondió a los espías a riesgo de su propia vida porque su fe en el Dios de Israel era real.
Hermanos, la pregunta que nos deja Santiago es esta: ¿Hay alguna decisión costosa, algún sacrificio, alguna acción de misericordia que evidencie que tu fe va más allá de las palabras? Si no puedes responder esa pregunta con algo específico, Santiago te está llamando hoy a examinarte.
Abraham creyó y obedeció. Rahab creyó y arriesgó. Los dos demostraron con hechos lo que tenían en el corazón. Y Santiago cierra con una imagen que no podemos ignorar.
Conclusión
Santiago termina con una analogía en el versículo 26: “Porque así como el cuerpo sin el espíritu está muerto, así también la fe sin las obras está muerta”.
Un cuerpo sin espíritu no está dormido. No está descansando. Está muerto. Y un cuerpo muerto no puede hacer nada. De la misma manera, una fe sin obras no es una fe débil o inmadura. Es una fe muerta. Y una fe muerta no salva a nadie.
La doctrina de la justificación por la fe nos enseña que somos declarados justos delante de Dios únicamente por la fe en Jesucristo, no por nuestras obras. Eso es lo que Pablo enseña en Romanos y Gálatas, y es lo que Santiago no contradice. Lo que Santiago añade es esto: la fe que justifica nunca está sola. Siempre produce fruto. Siempre se manifiesta.
Y para que no quede ninguna duda, el mismo Pablo, que tan claramente enseña que somos justificados por fe y no por obras, nos dice en Gálatas 5:6: “Porque en Cristo Jesús ni la circuncisión vale algo, ni la incircuncisión, sino la fe que obra por el amor.”
Pablo no habla de una fe pasiva, estática, que solo existe en la mente. Habla de una fe que obra, que se activa, que se mueve. La fe verdadera no se queda quieta porque no puede quedarse quieta. Es como un fuego que, si es real, produce calor y luz. Si no produce nada, es porque no hay fuego, solo ceniza.
Hermanos, esto es lo que Santiago, Pablo, Juan y el mismo Jesús nos están diciendo con una sola voz: una fe que no transforma tu vida no es fe salvadora. Es una ilusión religiosa que da falsa seguridad, pero no tiene ningún poder.
Por eso hoy te hago tres preguntas para que te lleves a casa y las respondas delante de Dios en oración:
- Primera: ¿Hay evidencia visible en tu vida de que has sido transformado por el evangelio?
- Segunda: ¿Tu teología y tu práctica coinciden, o confiesas una cosa y vives otra?
- Tercera: Si alguien te observara durante una semana sin saber que eres cristiano, ¿qué diría?
No se trata de ser perfecto. Se trata de ser real. Una fe verdadera no es perfecta, pero sí es viva. Y lo que está vivo, crece, actúa y se demuestra al mundo.
Que el Señor nos conceda no solo creer correctamente, sino vivir de una manera que haga visible lo que creemos.
Deja un comentario