Esta es una de las preguntas más antiguas en la historia humana. Una pregunta que tiene tanto peso para nosotros ahora como en los primeros días.
Esta pregunta puede surgir en los hospitales cuando el diagnóstico no es lo que esperábamos. Surge en los funerales cuando el que murió era demasiado joven. Surge después de los desastres naturales, después de las traiciones, después de los abusos. Surge en la soledad de la noche cuando nadie está mirando y el dolor es demasiado grande para soportarlo.
Es una pregunta llena de dolor, pero también llena de ignorancia. Palabras fuertes, lo sé, pero sigue leyendo para explicarte.
La Biblia no ignora esta pregunta y tampoco ofrece respuestas fáciles ni frases de consuelo que están huecas. La Biblia sí tiene algo que decir, pero primero debemos comenzar con la premisa incorrecta.
La premisa que necesitamos corregir
Antes de responder la pregunta, vamos a ver cómo está formulada. Porque la pregunta, tal como se hace, contiene una suposición que no se encuentra en la Biblia.
“¿Por qué le pasan cosas malas a la gente buena?”
La premisa detrás de la pregunta es que hay personas que merecen una vida sin sufrimiento, personas suficientemente buenas como para que Dios les dé protección y prosperidad. Pero cuando esas personas sufren, y van a sufrir, Dios es el culpable.
Vamos a ver lo que dice Pablo en el libro de Romanos:
“No hay justo, ni aun uno. No hay quien entienda, no hay quien busque a Dios. Todos se desviaron, a una se hicieron inútiles; no hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno” – Romanos 3:10-12
Ante un Dios perfectamente santo, ningún ser humano tiene el derecho de reclamar una vida sin sufrimiento. ¿Por qué? Porque no hay nadie bueno, no hay ni siquiera uno.
Ahora, quiero aclarar que esto no invalida el dolor ni minimiza la injusticia real que existe en el mundo. Una persona inocente que sufre abuso está sufriendo algo genuinamente injusto a un nivel horizontal entre seres humanos.
Pero tal vez me digas: Incluso si nadie merece una vida perfecta, eso no explica por qué Dios permite el sufrimiento. Para eso necesitamos ir a la palabra de Dios, más específicamente al libro de Job.
El libro de Job: cuando Dios no da explicaciones
Si hay un libro en la Biblia que puede darnos una respuesta a esta pregunta, es el libro de Job.
Comenzamos con la respuesta cómoda, que es la que ofrecen los amigos de Job: sufres porque pecaste. El sufrimiento es siempre consecuencia directa del pecado. Si te arrepientes y te corriges, el sufrimiento cesará.
El libro comienza con algo que es totalmente ajeno a Job: hay una conversación en el cielo entre Dios y Satanás. Dios mismo señala a Job como ejemplo de integridad. Satanás argumenta que Job solo sirve a Dios porque le va bien. Y Dios permite que Satanás lo pruebe dentro de ciertos límites.
Job pierde sus hijos, su riqueza y su salud. Todo en rápida sucesión. Y en ningún momento de la narrativa se nos dice que esto fue consecuencia de algún pecado de Job. De hecho, el texto es explícito desde el principio: Job era “intachable, recto, temeroso de Dios y apartado del mal” (Job 1:1).
El sufrimiento de Job no fue castigo. Fue algo completamente diferente, algo que Job no podía ver desde su posición.
Y aquí está la lección que puede incomodarnos del libro: Dios no le explica a Job lo que pasó en el cielo. Cuando Dios finalmente responde desde el torbellino en los capítulos 38-41, no dice: “Mira, fue por esto y aquello.” En cambio, hace preguntas que revelan la inmensidad de lo que Job no comprende: ¿Dónde estabas cuando puse los fundamentos de la tierra? ¿Has entrado en los depósitos de la nieve? ¿Conoces las ordenanzas del cielo?
La respuesta de Dios a Job no es una explicación. Es una revelación de quién es Dios y esa revelación resulta ser suficiente. Job termina el libro sin haber recibido las respuestas que pedía, pero habiendo encontrado algo más profundo: ver verdaderamente al Dios que gobierna y tiene control de todo.
El Señor no tiene que darnos el “por qué”. Nos da algo mejor: a sí mismo.
Propósitos del sufrimiento que la Biblia revela
Aunque Dios no siempre explica el sufrimiento específico de cada persona, sí revela en las Escrituras propósitos generales que el sufrimiento cumple. No son explicaciones automáticas para cada situación; son marcos que nos ayudan a ver que el sufrimiento no es necesariamente sin sentido.
Formación de carácter. Santiago escribe: “Tengan por sumo gozo, hermanos míos, cuando se hallen en diversas pruebas, sabiendo que la prueba de su fe produce paciencia, y que la paciencia tenga su perfecto resultado, para que sean perfectos y completos, sin que nada les falte.” (Santiago 1:2-4). El sufrimiento puede hacer en el carácter lo que la comodidad nunca puede hacer. La paciencia no se desarrolla en ausencia de dificultad; se forja en las pruebas y el sufrimiento.
La gloria de Dios. En Juan 9, los discípulos preguntan ante un hombre que nació ciego: “¿Quién pecó, este o sus padres?” La pregunta asume que el sufrimiento siempre tiene que ver con el sufrimiento. Jesús los corrige: “No es que pecó este, ni sus padres, sino para que las obras de Dios se manifiesten en él” (Juan 9:3). Este hombre llevaba toda su vida ciego, no como castigo, sino para la gloria de Dios. Hay sufrimientos cuyo propósito no está en el pasado, sino en el futuro.
Capacidad de consolar a otros. Pablo escribe en 2 Corintios 1:3-4 que Dios “nos consuela en todas nuestras tribulaciones, para que también nosotros podamos consolar a los que están en cualquier aflicción, dándoles el consuelo con que nosotros mismos somos consolados por Dios”. El sufrimiento que atravesamos no es solo nuestro; se convierte en una forma de consolar a otros.
Desapego de lo temporal. El sufrimiento tiene una manera de revelar en qué estábamos poniendo nuestra confianza. Cuando la salud, la estabilidad económica o las relaciones importantes colapsan, queda expuesto si nuestra confianza estaba en esas cosas o en Dios. Pablo, escribiendo desde la prisión, dice que ha “aprendido a contentarme, cualquiera que sea mi situación” (Filipenses 4:11). Ese aprendizaje ocurrió en el sufrimiento.
La respuesta final: la cruz
Todos los marcos anteriores son útiles. Pero ninguno es la respuesta definitiva. La respuesta definitiva al problema del sufrimiento no es un argumento filosófico; es el evento más histórico de la raza humana.
La cruz.
En la cruz, la persona más inocente que ha existido, el único ser humano que genuinamente no merecía sufrir, soportó el mayor sufrimiento que existe. No solo el dolor físico de la crucifixión, sino el abandono del Padre, la carga de toda la culpa humana, la separación de Dios que el pecado produce.
Al que no conoció pecado, lo hizo pecado por nosotros, para que fuéramos hechos justicia de Dios en Él. – 2 Corintios 5:21
Esto significa varias cosas para nuestra pregunta.
Primero, significa que Dios no observa el sufrimiento humano desde una distancia cómoda. En Cristo, Dios entró en el sufrimiento. Lo experimentó desde adentro. El Dios al que le preguntamos “¿por qué permites esto?” es el mismo Dios que fue clavado en una cruz. Cuando llevamos nuestro dolor a Dios, no lo llevamos a alguien que no sabe lo que es sufrir.
Segundo, significa que el sufrimiento no tiene la última palabra. La cruz fue seguida por la resurrección. El dolor más profundo de la historia fue revertido por el poder de Dios. Pablo dice que los sufrimientos del tiempo presente “no son dignos de ser comparados con la gloria que nos ha de ser revelada” (Romanos 8:18). No dice que el sufrimiento no es real o que no duele. Dice que hay una gloria futura que lo pone en perspectiva.
Tercero, significa que hay un día en que todo será revelado y resuelto. El Dios que es perfectamente justo no dejará ninguna injusticia sin atender. Cada lágrima, cada abuso, cada muerte injusta, cada sufrimiento silencioso, todo será vindicado. Juan describe ese día: “Él enjugará toda lágrima de sus ojos, y ya no habrá muerte, ni habrá más duelo, ni clamor, ni dolor, porque las primeras cosas han pasado” (Apocalipsis 21:4).
Lo que la Biblia no promete y sí promete
La Biblia no promete una vida sin sufrimiento a los que siguen a Cristo. De hecho, promete lo contrario: “Y en verdad, todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús, serán perseguidos” (2 Timoteo 3:12). Jesús mismo dijo: “En el mundo tienen tribulación” (Juan 16:33).
Cualquier teología que promete que la fe en Cristo garantiza salud, prosperidad y ausencia de problemas no es la verdad del evangelio. Es una distorsión que hace un daño enorme porque cuando el sufrimiento llega, como inevitablemente llega, el creyente queda con el dolor sin saber cómo explicarlo.
Pero lo que la Biblia sí promete da consuelo: Su presencia en el sufrimiento.
“Aunque pase por el valle de sombra de muerte, No temeré mal alguno, porque Tú estás conmigo” (Salmo 23:4). No dice “aunque pase por el valle de sombra, tú harás que el valle desaparezca”. Dice: “tú estas conmigo”. La promesa no es ausencia del valle, es compañía en medio de él.
“Nunca te dejaré ni te desampararé” (Hebreos 13:5). La promesa más repetida en toda la Biblia, en distintas formas, a distintos personajes en distintas crisis, es siempre la misma: no estás solo.
Y para el que conoce a Cristo, hay una dimensión adicional: el sufrimiento es temporal. Lo que experimentamos aquí, por real y por doloroso que sea, tiene una fecha de vencimiento.
Conclusión
La pregunta “¿por qué permite Dios que les sucedan cosas malas a la gente buena?” no tiene una respuesta simple. Y cualquiera que te ofrezca una con demasiada facilidad probablemente no ha sufrido lo suficiente como para entender el peso real de la pregunta.
Lo que la Biblia ofrece no es principalmente una explicación. Es una persona.
Un Dios que no observa el sufrimiento desde lejos, sino que entró en él. Un Dios que tiene propósitos más altos que nuestra comodidad. Un Dios que promete presencia cuando no da respuestas. Un Dios que tiene el poder de revertir incluso la muerte. Un Dios que un día hará nuevas todas las cosas.
En el fondo, la fe bíblica no responde el “por qué” con una teoría. Lo responde con una confianza: que el Dios que gobierna el universo es bueno, que sus propósitos no fallan, y que el final de la historia, ya revelado en la resurrección de Cristo, es luz, no oscuridad.
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